viernes, 18 de junio de 2010

El Jardín de Los Naranjos I

Despierto y ahí veo la orilla,siento frío pero de la noche anterior,siento el olor a café desde el bar de Pedro. Me siento bien por no estar perdida pero igualmente intento escapar... Me atrevo a todo menos al café, me da pesadillas y la repetición se prolonga por todo el día. Sigo remando.
Abro un libro para vaticinar mi viaje. Cierro los ojos. Mi dedo índice busca mi destino: "La lápida saltó al primer golpe de la piocha, y una cabellera viva de un color de cobre intenso se derramó fuera de la cripta. El maestro de obra quiso sacarla completa con la ayuda de sus obreros, y cuanto más tiraban de ella más larga y abundante parecía, hasta que salieron las últimas hebras todavía prendidas a un cráneo de niña. En la hornacina no quedó nada más que unos huesecillos menudos y dispersos, y en la lápida de cantería carcomida por el salitre sólo era legible un nombre sin apellido: Sierva maría de Todos los Ángeles".
Pienso en lo raro de esa cita y deseo no haber tomado tantos unguentos de mi niñera, los hacía fuertes, me daban dolor de estómago y de cabeza, pero su color y su aroma a frutos rojos siempre me cautivaban. En fín, por culpa de ellos tenía mi cuerpo casi transparente y descolorido que hasta se podía ver a través de el todo mi vestido carmesí.
Sigo remando, llego al puerto de frutos, me cruzo con Carmela y su adorada criada. Intento saludarlas pero la gente no me deja acercarme a ellas y las pierdo de vista. Es día de acción de gracias y todos buscan el mejor pavo para degustar en sus mesas, compran también velas y flores. Las señoras más elegantes de la ciudad se atreven a llevar sacos de pieles, y y adornos para el hogar hechos también desde el sufrimiento de algún animal indefenso. Sin embargo, el mercado estaba lleno de lobos y perros, esos si me daban miedo.
Cuando era pequeña papá me enseñó que los tigres y las panteras que rodeaban la casa no eran buenos, no estaban domesticados y que no eran iguales a nosotros. Siempre me parecía que no tenía razón asi que a la hora de la siesta me trepaba por las enrredaderas que se pegaban a la pared del patio trasero y escapaba.
Caminaba y llegaba hasta la colina de color dorado que siempre observaba desde la ventana de mi habitación, escalaba nuevamente y llegaba a la cueva donde aquellos animales vivían. Me miraban fijo por un momento, sentía euforia y una cierta adrenalina cuando lo hacían, luego caminaban y seguían como si no estuviese nadie ni nada más que ellos ahí. Jugaban y se lamían, algunos dormían y me daba gracia como los despiertos molestaban a los que intentaban descansar mordiendoles las orejas. Esa displicencia hacia mi me hacía pensar muchisimo.. pensaba que quizás no les molestaba que yo los mirase, quizás sabían que eran superiores a mi, si quisieran podían matarme de una patada o un mordizcón, o quizás me veían como alguien más de su especie. Imaginar eso me daba mucha alegría y me hacía volar sobre una nube y pensar como sería mi vida con ellos ahí. Vivir libre, sin mamá que me diga siempre lo mal que hacía todo, tirada en su cama de sábanas de seda sin importarle nada más que su pelo y sus vestdos, que por cierto ya no le quedaban ya que desde que se enteró que papá sabía que lo engañaba había quedado perpétua de las tortas y tazas y tazas de chocolate que le preparaba la señora Guadalupe, que era nuestra ama de llaves.

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